12 ago 2010

Trece fotos

Trece fotos, feo número, una repetida, por suerte, entonces catorce. Dos son futuro, ninguna es pasado, ninguna es pisado. Dos neutrales, diez antagónicas, una solitaria, inmóvil, mirando hacia otro lado. Cinco las tomé yo, una él. En una aparezco, nadie lo sabe. Nadie me ve. Pero estoy. Muy cerca. La más llamativa la saqué yo mismo. Paradoja. Es mía. Usenla. También la tengo. No hay foto original en la era digital. Solo momento original, y nada más. En muchas ríe. En algunas más. Nunca igual. En una diferente. La que no tiene el artificio de la cámara digital. La que tiene original. Que aún guardo. O es mi idea o mi deseo o esa foto tiene vida. Ustedes dirán. Tiene cielo y tiene azul y tiene paz. Tiene marcas. De la foto impresa y del pasado. Tiene día. Tiene fecha. Tiene momento. Tiene recuerdo. Tiene aura. Hay una en la que estoy. Pero no me ven. Se los dije. Está pisada. Está tapada. Esta cortada. Esta abajo. De la nueva. De la que no estoy. De la que está alguien. Si fueran fotos en papel se guardarían en cajas separadas. La era digital mezcla todo. Paradoja. Está bien. Es lo mismo. Solo las imágenes parecen estar juntas. Cada cosa siempre tiene su lugar. Eso creo. Eso quiero. Fotos viejas. Fotos nuevas. Fotos mías. Sólo mías. Fotos de alguien. Sólo suyas. Foto de ella. Sólo de ella. Sería muy ciego pedirle que no las mezcle. Y si fuera ciego ni lo sabría. Alguna razón tendrá. Algún lugar tendrá, para cada foto, dentro de ella. Les dije que no salía en las fotos. Pero acá estoy. De este lado de la cámara. Por eso no me ven. Pero ahí estoy. ¿Ahora me ven? Sé que sí. Y así está bien. Acá me quedo.

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