El adiós duele un poco, pero puede elaborarse con el tiempo y digerirse, incluso aceptarse. El verbo puñal y frontal duele algunas veces. Pero nada duele como la espina clavada, la palabra atragantada que alguien no quiso oír, la astilla entre las muelas, el aguijón sin sacar, la explicación no recibida, el rostro no enfrentado.
El hombre abandona los esfuerzos y desempuña la espada, incluso calla el habla, cuando ya no hay motivación futura, cuando ya nada puede hacerse, cuando concluye que la meta valía menos gotas de sudor que las que ya cayeron de su frente todavía a una altura respetable.
Sin embargo, la herida duerme solo de a ratos, y de a ratos se despierta sobresaltada y grita su angustia.
Todo hombre quisiera poder reírse de su dolor. Al fin y al cabo las cosas son sólo lo que son en nuestras mentes. Nada inmaterial podría doler si no lo dejásemos doler, sin embargo lastima y perturba más que ningún objeto del mundo tangible.
No podemos reírnos ni burlarnos ni hacer nada con algo que no exista, que no sea, que no se vea o se represente. Por eso el dolor amorfo atragantado se resiste a salir. Porque no tiene apariencia, no tiene nombre, no parece nada, no se refleja, no es, no existe. Pero existe, es, y ahí está, y no va a ninguna parte porque no es ni de acá ni de allá, ni real ni irreal.
A veces el hombre encuentra un escape de ese túnel que tiene salida pero le resulta demasiado largo. A veces se mofa del mapa y las reglas de escape y dinamita una pared al costado del túnel. Ni en el principio ni en el final, al costado, donde nadie lo espera y tal vez nadie lo ve.
El dolor ha sido siempre inspirador de las mejores letras, palabras y versos justamente por eso. Por esa fuerza tan potente que lo transforma en palabras, lo hace visible, y encuentra la grieta y hace el boquete en la pared del túnel.
Y el que escribe se desatraganta, se quita la espina, se lame la herida, y se ríe de todo. Se ríe de sí mismo, se ríe del aguijón, se ríe del túnel. En definitiva puede burlar el tiempo y escapar un poco antes.
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